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“Somos una sociedad en la que el vivo vive del bobo y el bobo se ríe del vivo”, esto le oí decir en algún momento de mi infancia a mi abuelo, un hombre de linaje antioqueño, de tradición pueblerina, de andar y trasegar arriero, pero adaptado a la modernidad del auto y el camión con los que transportó durante toda su vida alimentos y personas entre el campo, el pueblo y la ciudad. Él fue un hombre del siglo XIX al que le tocó construir su ideal de vida en medio de una violencia normalizada al mejor estilo de pueblo del oeste, en donde el prototipo del hombre de ese entonces se configuraba desde los arquetipos educativos y sociales que determinaban la forma y carácter del ser de esa época. Eso sigue muy arraigado, aunque ahora escucho por diferentes medios que se están construyendo nuevas masculinidades, vaya uno a saber de que se tratan esos estereotipos contemporáneos.

Yo nunca pude adaptarme ni encuadrar en los tipos de comportamiento del hombre colombiano promedio. No seguí la línea de estudiar para ser alguien, sino la de estudiar para entender o saciar mi curiosidad; ni la de trabajar para ganar dinero, sino la de ocuparme en lo que me apasiona; ni la de casarme para armar familia, sino en la de convertir en familia a mis amistades y amores. Siempre tuve muy claro qué era lo que no quería ser ni hacer y esa claridad me permitió observar de lejos cómo influye en la vida de uno la presión de “la secta” social, como lo define jocosamente Julián Arango en su comedia Ni Idea.

Pues bien, esa secta tiene entre muchas otras prácticas de urbanidades educativas, una que viene arraigada por arrastre generacional que siempre me llamó la atención y me ha impactado por su modo de implementar en el subconsciente colectivo un modo de comportamiento dicotómico y atómico. Les hablo de la piñata, un juego en el que una persona con palo en mano golpea un bote de barro colgante hasta romperlo y del cual caen juguetes y objetos que representan dinero, pertenencias, comida, joyas, etc. El acto triunfador consiste en arrojarse intrépidamente para agarrar todo, acaparando espacio y objetos por encima de la capacidad, piel y sangre de los otros participantes que hacen lo mismo y el jugador debe obtener todo, todo, todo lo que con brío y energía pueda abarcar entre sus manos; es decir, en ese juego de la piñata eres exitoso si logras eso de “todo pa’ mí y nada pa’ ti”.

La piñata no es en su esencia un lecho de generosidad y cooperativismo. Los padres y adultos que acompañan a sus pequeños en este juego son quienes, desde el rol de sociedad, aplauden o desestiman el valor de su hijo por tomar con violencia más que los demás. Son los padres los primeros que nos determinan y condicionan cuando actuamos en colectividad, de ellos vienen esas miradas, sonidos y gestos que nos califica como jugadores “Vivos, exitosos” o “Bobos, fracasados”.

Bueno, Colombia es una cultura producto de la piñata, el mensaje contradictorio ha quedado ahí en el inconsciente colectivo, naturalizando lo incorrecto, configurando una sociedad en la que está bien visto lo que está mal y está mal visto lo que está bien. Para ejemplo los hermanos Nule, que fueron portada de revista como modelos de empresarios inteligentes y triunfadores y luego fueron objeto de escándalo por aprovechados del bien común a través de sus contratos públicos. Como los Nule, son muchos los educados en Colombia por linaje “piñatesco”, con la cultura del aprovechamiento como método triunfal, porque así como hicieron con ellos, esa voz loca de la sociedad siempre nos está inculcando que para tener “éxito en la vida” debemos sacar provecho del otro, que pidamos descuento, que lo inteligente no es ser oportuno sino oportunista, que hay que estar en la rosca, que la idea es del que la usa y no del que la crea, en fin, unos mensajes subliminales que se han instalado sagazmente en el modus operandi  social colombiano para hacernos creer que así es que debe ser nuestro comportamiento para vivir en familia o para llegar a ser triunfador y con reconocimiento.

Como siempre he sabido qué es lo que no quiero ser, desde muy temprano decidí que no quería ser el “vivo”, que preferiría ser el “bobo”, que preferiría atreverme a fracasar con amor que a mal triunfar con dolor, nunca quise entrar en el juego de la piñata y recibí mis recriminaciones por ello. Pero como decía mi abuelo José, y gracias al teatro, aprendí a reírme del vivo y a carcajadas, así lo he hecho y me da tranquilidad, porque tengo la libertad de ejercer el pensamiento crítico, sin doble moral, con reflexión profunda, con responsabilidad y coherencia entre lo que pienso, digo y hago.

PD: Seguimos con un gobierno que no honra memoria, ni lamenta sus muertos.

Nada es completo en la vida y siempre hay que empezar de cero. @eldelteatro

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